Una y otra vez se repite la historia.

Actualizado: 27 de dic de 2020

21 de diciembre de 2020, hace 113 fueron asesinados 3600 niños, mujeres y hombres, en la escuela Santa María de Iquique. Hace 113 años el general Roberto Silva Renard ordenó a sus tropas hacer fuego contra 3600 vidas, sueños y esperanzas, apagándolas de manera brutal, bajo la presidencia de Pedro Montt.

Homenaje a los asesinado en la Escuela Santa María. Foto de Leonardo Uren Muñoz

Hoy como ayer, las legítimas demandas de justicia del pueblo intentan ser acalladas con sangre, hace 113 encerrando a familias enteras en una escuela para dispararles, hoy disparando a la cara de ciento de personas con la intención evidente de quitarles su mirada.

Hoy como ayer, se criminalizan al pobre:

“que no sirve de nada tanta comedia,

que dejen de inventar tanta miseria,

que no entienden sus deberes, son ignorante,

Que perturban el orden, que son maleantes,

Que están contra el país, que son traidores,

Que roban a la patria, que son ladrones,

Que han violado a mujeres, que son indignos,

Que han matado a soldados, que son asesinos”

Históricamente Chile opera desde una élite, es un país que nace desigual desde tiempos de la Colonia, con una aristocracia con control militar que se perpetua en el tiempo a través del control territorial y del aparato del estado.

Lo mismo pasa respecto a la forma en que funciona la justicia, una justicia de clase, donde sólo existen garantías si puedes comprarla. Es por eso que las matanzas de “rotos” nunca fueron castigadas.

Hoy esa justicia de clase, se evidencia en el caso de de los presos de la revuelta y el uso de la prisión preventiva como castigo anticipado para quienes participaron en las manifestaciones. El poder en contra del pueblo, negándoles el legítimo derecho a la protesta.

El uso desproporcionado de la prisión preventiva, la total impunidad con que actúa carabineros, las detenciones ilegales, la falta de un debido proceso, es una forma de control social a través de un intento de de amedrentar.

La historia se repite una y otra vez, se hace urgente, entonces, abrazar nuestra historia, las historia del peón, de los patipelados, de los asesinados en el asalto a la Federación obrera de Magallanes, en la masacre de San Gregorio, de la Ránquil, del Seguro Obrero, de la plaza Bulnes, y tantas más. Es tiempo de caminar con nuestro muertos en la memoria, a ellos que les debemos las conquistas que se han conseguido con sangre de las y los trabajadores.

La historia la han escrito los vencedores, esos que llevan sus nombres en algunas avenidas, como Pedro Montt en Valparaíso, de los que hablan de las “glorias del ejercito”. Pues bien, ya es tiempo de reescribirla, de relatar la verdadera historia del pueblo, para que seamos capaces de reconocernos en ella recuperar la memoria, sino, nuestro camino seguirá por charcos de sangre.

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