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RABIA Miedos, abusos y desórdenes en el oasis chileno.

Actualizado: 16 de dic de 2019

AUTORES: Hans Stange, Antoine Faure, Claudia Lagos, Claudio Salinas, René Jara y Alejandro Lagos 28 de Octubre de 2019 Documento original en PDF para descargar en galería Documentos La educación y la salud, legitimada por los consensos políticos y un sistema jurídico y legal que garantiza al gran capital sus beneficios y a la población su miseria. Así, el estallido social es, de forma profunda y elocuente, una protesta política que ha intentado ser aplacada a través del miedo, la militarización y la desmovilización mediática. El despliegue de la excepcionalidad jurídica, acompañada de los grandes relatos de justificación esparcidos por los medios de comunicación hegemónicos, han permitido un espiral de violencia del que aún hoy desconocemos su alcance. A pesar de esta barbarie política y militar, surge una oportunidad histórica para remover los cierres del orden neoliberal en nuestro país. La manifestación violenta del descontento masivo ya los ha aflojado, pero aún no los descorre del todo; la fortaleza despótica se debilita pero aún resiste. La conciencia clara de que todo puede ser de otro modo, y para mejor, es la herramienta más potente que poseemos para impedir que el miedo y el orden aceptado de las cosas vuelvan estériles los llamados sensatos de esta manifestación. Observamos el surgimiento de manifestaciones de una inteligencia colectiva divulgadas en las redes sociales que apuntan a una resistencia caótica y afirmativa, la que está abriendo poco a poco las suturas del régimen político actual.

Lo que comenzó como una protesta estudiantil por el alza del pasaje del metro se transformó en el catalizador del malestar social latente por una serie de elementos estructurales que deprimen y norman la vida social. Las imágenes de cientos de estudiantes con sus uniformes y mochilas, entre gritos y risas, saltando los torniquetes del metro, dieron paso con los días a secuencias menos alegres de enfrentamientos con los carabineros, con el resultado evidente de daños a la infraestructura del metro y el grito en el cielo de autoridades y panelistas de televisión, los que al unísono se comportaron como un triste bloque conservador en el poder.

El alza del pasaje de metro, que afectó el bolsillo de cerca de tres millones de pasajeros en Santiago, se transmutó en un símbolo de los abusos e injusticias que, aunadas con la frustración de los conocidos casos de corrupción reciente (Caval, Pacogate, Milicogate, Penta, La Polar, SQM, etc.), nos enseñan que la justicia para algunos es muy distinta de la justicia de todos para todos los demás. Todo lo cual hizo que la bronca oculta durante décadas rasgara la superficie limpia y aséptica del relato macroeconómico neoliberal.

El elástico se cortó De alguna forma, el orden neoliberal en Chile se hizo moralmente insostenible. Las creencias implícitas y las expectativas de progreso que hacían soportable la enorme desigualdad y la tremenda injusticia ya no dieron para más. Es así de simple: reventó la frontera de lo moral y socialmente aceptable. Los estudiantes, primero, y con ellos una buena parte de la población, se emanciparon del pacto acordado entre políticos y grandes empresarios de todo signo hace ya décadas.



La Protesta La fe en el “chorreo” y el respeto por el orden tecnocrático, resultado del acuerdo tripartito entre militares, élites económicas y profesionales de la política, había producido un violento control sobre el resto de la población. Nos había enseñado una capacidad casi infinita y reactiva de soportar el malestar, de acrecentar el endeudamiento, de expiar el dolor a través del consumo. Pero esta conciencia moral venía resquebrajándose hace un tiempo. La protesta feminista, la marcha de los pingüinos, la demanda estudiantil contra el lucro en la educación y el rechazo al sistema de AFPs, la denuncia de las zonas de sacrificio ambiental o de las postergaciones regionales avisaron de forma elocuente que el pacto neoliberal ya no era del todo aceptable. Los pingüinos, el fin al lucro en la educación, el No + AFP, el Puntarenazo y #Ni una menos eran cantos de sirena de esta debacle, que no fueron oídos. La ruptura de la economía moral permitió entonces comprender una falsa paradoja.

Una capacidad de actuar colectivo se ha fomentado frente a la agudización de las relaciones de fuerzas que presidían la aceptabilidad de la dominación, sin que haya horizonte de sentido, homogeneidad en los grupos movilizados o las reivindicaciones, ni siquiera un liderazgo claro. Sólo una cosa estaba clara: Basta ya.




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