OPERACIÓN ALBANIA Crónica del gran montaje de la CNI

Actualizado: 21 de jul de 2020

Memoria para optar al título de Periodista Universidad de Chile

Instituto de la Comunicación e Imagen Escuela de Periodismo

Nicole de los Ángeles Vergara Domínguez

Profesora guía |  Faride Zerán Chelech

Santiago de Chile 20 https://imagenesparamemoriar.com/2018/06/17/el-chile-de-1987-matanza-de-corpus-christi-la-venganza-de-pinochet/

Introducción

Tras el atentado del Frente Patriótico Manuel Rodríguez a Augusto Pinochet y su comitiva el 7 de septiembre de 1986, la historia de muchas personas cambió para siempre. Pocas horas después de la emboscada en el sector de Las Vertientes en el Cajón del Maipo, el general apareció en el noticiario de Televisión Nacional, 60 minutos, con su mano vendada, mostrando el Mercedes Benz blindado dañado y señalando una frase que quedaría grabada en la historia de Chile: “¡Esto prueba que el terrorismo es serio, que es más grave de lo que están hablando y que ya está bueno que los señores políticos se den cuenta que estamos en una guerra entre el marxismo y la democracia!”.

Sus palabras calaron hondo y sus acciones post atentado sellaron la vida de muchos. Se declaró Estado de Sitio en el país y de inmediato la Central Nacional de Informaciones, CNI, comenzó una desenfrenada búsqueda por encontrar a los culpables de la llamada Operación Siglo XX. La investigación se confundió con el temor, se sembró miedo asesinando horas después a personas que no tenían relación con el atentado y se acentuó la horrible relación entre la policía secreta del régimen y la sociedad civil.

Este hecho fue uno de los antecedentes principales de uno de los montajes más emblemáticos de la dictadura militar. La Operación Albania o Matanza de Corpus Christi dejó entre el 15 y 16 de junio de 1987 doce frentistas muertos en manos de agentes de la CNI. Los hombres de bigote simularon fuertes enfrentamientos para encubrir la muerte de estas personas, entre ellas la de José Joaquín Valenzuela Levi, uno de los líderes del FPMR y cabecilla del atentado a Pinochet.

Los agentes de la CNI interceptaron a los frentistas en la vía pública, irrumpieron en sus hogares y casas de seguridad asesinandolos en medio de un sangriento plan.

 La historia de la Operación Albania no es una más de los años ‘80, no es una más que relata la muerte de frentistas, es la historia de un montaje planificado, en donde agentes de la Central Nacional de Informaciones en conjunto con medios de comunicación oficialistas se confabularon para dar un testimonio falso a la sociedad. Los familiares no sólo debieron reponerse a las muertes de sus seres queridos. Por más de una década debieron batallar con la justicia para demostrar que los frentistas no fallecieron producto de enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, si no que fueron brutalmente asesinados por la dictadura militar.


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Hijos de la represión

16 de junio de 1987 y a las 13.00 horas el locutor Petronio Romo aparecía en el dial 93.3 FM y con su inconfundible voz anunciaba:¾ Urgente, El diario de Cooperativa está llamando¾.

El periodista al que le daba el pase informaba que el Obispo Auxiliar de Santiago, Monseñor Sergio Valech, junto con lamentar la muerte de 12 personas en enfrentamientos pidió el esclarecimiento de los hechos: ‘En la mañana pude leer el diario, no había oído noticias de tal manera que después me impuse que había aumentado el número de fallecidos, es un hecho muy lamentable, muy doloroso (…) Esperamos que la investigación llegue a un final feliz en cuanto a saber los orígenes y las formas 48, decía el sacerdote sobre las muertes de los rodriguistas.

25 horas antes de ese despacho, los servicios de seguridad  le declararon la guerra al Frente y, sin asco, mataron a 12 de sus integrantes. La matanza de Corpus Christi había comenzado.

Ricardo Silva Soto, de 28 años, estudiante de 4º año de Ciencias Químicas en la Universidad de Chile, innumerables veces mejor compañero y alumno destacado en fútbol, no sabía que la mañana del 15 de junio sería la última en que vería a su familia.  Eran  las  7.00  am  y  Ricardo  se  despedía  de  su  mujer,  Patricia, asegurándole que estaría de vuelta antes de la hora de almuerzo. Debía viajar, pero antes había quedado en llevar a su pequeño hijo Cristian de 4 años al jardín infantil.

Se puso su pantalón de cotelé café, su camisa blanca, el suéter de lana verde claro con cuello redondo y su chaqueta de mezclilla azul. No dijo a dónde, ni a qué ni con quién se juntaría. La mayoría de las veces no contaba sus andanzas ni daba  pie  para  que  le  preguntaran,  El  Flaco  como  lo  llamaban  de  cariño,  se cuidaba y cuidaba a los suyos. Aunque siempre estaba alerta a posibles seguimientos de la policía secreta de Pinochet, esa mañana fría, con grados bajo cero, salió de su casa en la Villa Olímpica en Ñuñoa y no sospechó nada. No tenía de qué sospechar, no lo seguían a él.

Ricardo, segundo hombre del Frente en la Octava región, debía reunirse con Ricardo Rivera, primer hombre en Concepción y José Joaquín Valenzuela Levi, comandante Ernesto, máximo líder del FPMR que participó en el atentado a Augusto Pinochet en septiembre del ‘86. Era probable que se juntaran a hablar sobre los próximos pasos que darían, pero nunca hablaron, al menos no como lo tenían previsto. Ese lunes 15 de junio los tomaron violentamente detenidos y se los llevaron al cuartel Borgoño.

El Flaco Silva ingresó al Frente con varios años encima. Cursaba su segunda carrera cuando junto a dos compañeros hicieron un par de panfletos contra la dictadura, los pusieron en las rejillas del metro  de Santiago, en la superficie, esperando que el paso de los trenes les regalara una ráfaga de viento que hiciera volar consignas sobre una ciudad reprimida. Estaban viendo como los panfletos se elevaban casi de forma surreal cuando llegaron los pacos y se los llevaron detenidos.

Les pegaron, les pegaron mucho. Ricardo consternado con tanta violencia le dijo a su compañero:

Hueón, esta hueá no puede ser. No hicimos nada y nos sacaron la chucha De pronto empezó a faltar a clases, ya no se veía en las mesas de pin pon ni en las pichangas con los amigos. Ricardo decidió congelar su último semestre en la U para dedicarse por completo a su labor en Concepción. Para todos, la razón era que quería buscar trabajo; hermético y cuidadoso nunca dijo que en realidad se trataba de un trabajo político.

Dejó su indiscutido puesto de defensa central de su equipo de fútbol, renunció a los entrenamientos en el Estadio Recoleta, se alejó por momentos del charango, la quena y la guitarra, de las dobles porciones de porotos con riendas del casino de su Facultad y de los regaloneos de las auxiliares. Empezó a ver menos a los amigos y la familia. Por decisión propia, El Flaco Silva entró a la clandestinidad.

Ricardo se fue al sur, se cortó la barba, se la dejó crecer y se la volvió a cortar. Prevenido, siempre que se daba una vuelta por Santiago y se quedaba con su mujer redoblaba la seguridad:

Pati, quédate aquí. Camina con cuidado con Cristián, puede que nos estén siguiendo repetía incansablemente.

Por esos años su esposa y su pequeño vivieron en 14 casas diferentes.

La mañana del lunes 15 de junio cuando Ricardo Silva salió de su casa no sintió nada extraño, debía reunirse con Ricardo Rivera que venía desde Lota. Su jefe, primer hombre del FPMR en Concepción, tenía 24 años. Soltero, mecánico especializado, era chofer de locomoción colectiva en el pueblo del carbón. La noche del domingo tomó el bus a las 21.45 horas para reunirse con Ricardo Silva y José Joaquín Valenzuela Levi el lunes por la mañana. Se despidió de su familia, les dijo que no daba más con la cesantía, que por eso viajaba a la capital en busca de empleo. Jamás les habló del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, de su trabajo, de su lucha por sacar a Pinochet del poder. Su padre, quien había estado detenido por razones políticas en 1974, no sabía que el viaje tenía otros motivos.

Antes de subirse al bus, su madre se acercó y le dijo cariñosa: Ricardo, aquí están los 70 mil pesos para que compres mercadería para el negocio

Rivera viajaba todos los meses a Santiago para surtir la pequeña paquetería que su familia tenía en Lota. La mercadería nunca apareció por el lugar, él tampoco.

Al llegar al Terminal de Santiago se bajó del bus, ajustó su parka azul y sintió el frío seco de la mañana capitalina, ese frío que penetra en los huesos y cuesta sacarlo de encima. Debajo de la parka, Ricardo andaba con camisa y un chaleco de lana celeste, un pantalón de género del mismo color y unas botas de reno café con las que intentaba capear los grados bajo cero. No alcanzó a concretar los motivos de su viaje, menos a comprar la mercadería que le habían encargado cuando los “chanchos” le cayeron encima.

La CNI tenía dentro de su organización la denominada “Brigada Verde”, brigada que dependía de la División Antisubversiva cuya misión era reprimir al Frente, investigarlo, seguir a cada uno de sus integrantes y analizar documentos de su plana  mayor.  En  junio  de  1987,  35  miembros  trabajaban  en  la  brigada  que ajustaba los detalles de la Operación Albania, el falso enfrentamiento que comunicarían para ocultar la matanza de los rodriguistas ejecutados.

Durante esos días el trabajo era intenso. Hugo Salas Wenzel, director de la CNI, daba la orden de dejar sin capacidad de acción al FPMR, en su jerga militar, de “neutralizarlo”.

Mientras Ricardo Silva, Ricardo Rivera y José Joaquín Valenzuela Levi cruzaban el Barrio Mapocho, eran llevados a  Borgoño y recepcionados en la “paquetería” del cuartel, otros agentes con bigotes daban el segundo golpe al otro lado de la ciudad.


¿Así mueren los comunistas?

La juventud ondera del momento se despertaba con U2 y mantenía una nueva semana en el ranking de los más escuchados  With  or  without  you. Es probable que Recaredo Ignacio Valenzuela Pohorecky, Comandante Benito del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, ni siquiera supiera qué grupos eran los más escuchados esos días según Clip, el suplemento musical de Las Últimas Noticias. Tenía otras preocupaciones.

Ese mismo lunes 15 de junio salió de su casa a las 9 de la mañana para hacer un par de trámites, minutos después de cerrar la puerta en la remodelación de las Torres San Borja un furgón L100 Mitsubishi de color azul comenzó a seguirlo. Seis funcionarios de la CNI a cargo del Teniente de Carabineros Emilio Neira Donoso no le perdían los pasos. A Valenzuela lo tenían fichado hace tiempo, lo seguían desde marzo de ese año.

El Comandante Benito, como se hacía llamar internamente al interior del Frente, salió de la Torre 24 de Portugal con Marin y con paso lento fue al paradero a tomar una liebre hacia Macul. Se bajó, cruzó su mirada en distintas direcciones y se acercó a la citroneta patente AX330 que estaba estacionada en la calle. Miró, volvió a mirar. Con disimulo se acercó, la revisó y siguió su camino hacia Plaza Ñuñoa. Llegó a unas de las oficinas de Chilectra y esperó que pasara otra micro para ir a Las Condes a la casa de su madre .

Ignacio Valenzuela ingresó al Partido Comunista a los 14 años, chico, como muchos  de  los niños  que  a  su edad comenzaban a militar. Aunque su madre quiso alargar lo más posible esa decisión, Ignacio estaba convencido. Incluso antes de hacer oficial su militancia él ya decía que era comunista. No le importaba que lo miraran feo en medio del régimen demócrata cristiano que lideraba Eduardo Frei Montalva, para él sus convicciones estaban claras.

Cursaba  la  educación  básica  en  el  Liceo  7  de  Ñuñoa  cuando con su amigo Sergio se sentaba a hablar pestes del gobierno de Frei. No estaba a favor de la “revolución en libertad”, la encontraba poco clara y definida. Tampoco le gustaba la manera en que se hacía la reforma agraria, aunque encontraba que a la larga era buena, no estaba de acuerdo en que a los trabajadores no se les entregara una  adecuada  asistencia  técnica  ni  material  necesario  para  trabajar  la  tierra. Menos estaba a favor de la chilenización del cobre, Ignacio y Sergio apostaban por la nacionalización del  metal. Con pocos años, los amigos compartían las inquietudes de la política y eran testigos de la fuerte represión que se ejercía contra los trabajadores que reclamaban por sus derechos y aumentos de salario.

Tras una de sus visitas al dentista junto a su madre y su hermano menor Rodrigo en el centro de Santiago, Ignacio vio cómo los pacos apaleaban y tiraban bombas lacrimógenas a los profesores que se manifestaban en calle Compañía. Al ver los fuertes lumazos, la mujer se refugió con los niños en un portal estrecho del centro hasta que su hijo mayor la miró fijamente con el ceño fruncido:

¿Por qué hacen eso los Carabineros? preguntó.

Para proteger el orden  público, le respondió sin pensarlo mucho Adriana, su madre.

¡Pero si la gente no estaba haciendo nada! Marchaba y gritaba nada más. Tú los viste. El desorden lo hace la policía dijo Ignacio con 10 años de edad

En el colegio el ambiente se politizaba cada día más, todos hablaban de política, hasta los más chicos. Mientras Ignacio pensaba en el Ché Guevara y llenaba sus cuadernos dibujando la imagen del guerrillero con su boina, en la sala de clases a él y a sus compañeros les aplicaban una disciplina casi militar. Les cortaban el pelo cuando éste osara asomarse por sobre la camisa, les arrancaban los botones de las chaquetas cuando estaban desabrochados, les sacaban las insignias y los cordones de los zapatos. Los tenían tardes enteras formados en el patio hasta que oscureciera como forma de castigo. En los consejos de curso hablaban el tema y además debatían sobre lo que pasaba en el país. Ignacio siempre se encargaba de que el marxismo fuera uno de los temas a tratar.

Cuando  en  1970  Salvador  Allende  ganó  las  elecciones,  Recaredo  Ignacio Valenzuela Pohorecky celebró junto a sus amigos el triunfo. Sentían que habían salido  vencedores  pese  a  la  campaña  del  terror  que  los  opositores  habían instalado en la opinión pública. La idea más común que resonaba era que los comunistas eran come guaguas.

El golpe de Estado cayó cuando Ignacio era un adolescente. Fue testigo del terrorismo que se institucionalizó en el país, lloró como un niño la muerte de Allende y sintió como a cuadras de su casa en Tomás Moro también bombardeaban la casa del Presidente. Vivió allanamientos y el sábado 13 de octubre de 1973 se enteró cómo Carabineros se llevó detenido a su padre desde el Ministerio de Hacienda. Con las manos en la nuca, entre patadas y encañonado por metralletas hicieron salir a su padre gritándole “¡Camina, mierda!”.

Recaredo, el padre, no militaba en ningún partido por lo que la familia no sabía por qué se lo llevaban. Buscaron ayuda para conocer el paradero de su detención hasta que llegaron al Estadio Nacional, su progenitor estaba en la escotilla número tres. Por suerte tenían contactos y pudieron sacarlo seis días después.

Ignacio saltó de colegio en colegio hasta terminar su educación media y entrar a Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile. Pese a estar en varios establecimientos  y  preocuparse  mucho  de  la  política  destacó  en  la  PAA obteniendo un muy buen puntaje. Chaqueta de cuero como lo identificó la Central Nacional de Informaciones llevaba una vida pública y privada, como muchos otros en dictadura. De pronto se puso hermético, dejó de contar sus cosas en la casa, comenzó a salir mucho y cada vez que le preguntaban dónde iba decía que a estudiar con compañeros.

Un mes después del golpe empezó a prepararse para todo lo que vendría. Tenía 17 años y sabía que comenzaba la resistencia. De a poco comenzó a formarse, al principio de manera muy doméstica, luego más profesional. Sus primeros pasos los dio con cajas de fósforos, juntó muchas y dedicó tardes completas a ensayar pequeñas detonaciones en tarros vacíos que su madre desechaba. Se entretenía en eso y siempre pensaba en inventar fuegos artificiales para celebrar el Año Nuevo.

En el día a día compartía con su esposa Cecilia Carvallo, bibliotecaria de la Universidad de Chile y su hijo Lucián de 7 años. Con él jugaba ajedrez, inventaba poemas y hablaba de la luna, los planetas y los movimientos de la tierra. Quizás de cuántas cosas más. Acompañado de una guitarra le enseñaba canciones de Silvio, Violeta, Víctor Jara y Mercedes Sosa. Con Lucián incluso mantenían conversaciones un tanto filosóficas sobre el origen del hombre y de Dios, compartían el amor por los perros y juntaban conchitas de mar cada vez que iban a la playa.

Para todos Valenzuela Pohorecky era un destacado economista, se licenció con distinción máxima y obtuvo nota 6 en su examen de grado. Siendo muy joven ya era  profesor  ayudante  de  cátedra  de  la  Escuela  de  Economía  de  la  Chile  y profesor titular de Economía del Instituto Arcis. Fue asesor y consultor en materias financieras y sobresalió por su manejo en inglés y francés.

Pero antes de comenzar su vida profesional, Ignacio conoció a Cecilia y apenas la vio le dijo que le gustaba y que quería que fuera su compañera. No especuló ni dejó pasar tiempo. Pese ser diez años menor que ella, la conquistó con su multifacética e intensa personalidad: le recitó poemas de Pablo Neruda, le bailó millones de piezas de tango, dibujó, pintó y cantó para ella.

En paralelo a esa vida pública, el Comandante Benito era uno de los seis más altos oficiales del Frente Patriótico Manuel Rodríguez para la época. Según su madre fue el fundador del Frente, el que lo echó a andar y el que con otros compañeros lo hizo crecer.

Ignacio  Valenzuela  Pohorecky  participó  en  el  rescate  de  Fernando  Larenas Seguel, combatiente recluido en la clínica particular Las Nieves tras un enfrentamiento con la CNI que lo dejó con un impacto de proyectil en su cabeza. Como Larenas se encontraba en un delicado estado de salud   y como en lo inmediato no podría “cooperar” en la investigación que los agentes realizaban, los tribunales autorizaron que el frentista se mantuviera internado en el centro privado. Lo que no imaginaron fue que días después del enfrentamiento y pese al alto resguardo policial, cinco hombres vestidos de manera formal liderados por Valenzuela Pohorecky simularon ser agentes de la CNI, ingresaron a la clínica y rescataron a Larenas del lugar.

El mismo Valenzuela participó en otras actividades de alto riesgo, pero los CNI lo tenían en la mira principalmente por el cargo de Logística que ocupaba en el Frente  Patriótico   Manuel   Rodríguez,   lo   que   los   esperanzaba   en   obtener información sobre explosivos y la ubicación de armas en Carrizal bajo. El dolor de cabeza que aún arrastraba Pinochet.

Ignacio fue parte de la Constitución del FPMR, haciéndose respetar en la organización entre los combatientes que estaban bajo su mando. Además fue Jefe de Zona en la capital y miembro de la Dirección Nacio