• Frente Cacerola

La derrota de Sebastián

Actualizado: 18 de ago de 2020


Marcha por Avenida Pedro Montt, Valparaíso.

(Fotografía de Ernesto Guajardo)



“Ninguno debe obedecer a los que no tienen el derecho a mandar”.

(CICERÓN)


Sebastián declaró que: “…no siento que uno experimente una derrota…” tras la contundente votación del Congreso que aprobó la ley que permite el retiro del 10% de los fondos previsionales. Lo dijo acomodándose la mascarilla para ocultar los moretones de los golpes que le dejó el apoyo mayoritario a dicha reforma constitucional. Él había rechazado de plano dicha modificación y por eso envió a sus ministros con la misión de convencer a los parlamentarios que rechazaran el proyecto; desde La Moneda se hicieron llamados telefónicos, hubo amenazas, ofertas bajo cuerda, miradas torvas. Pero no hubo caso, el tsunami del rechazo le pasó por encima y tuvo que morder el polvo de la derrota cuando 35 parlamentarios de su coalición le dieron la espalda y votaron a favor de la moción junto con la oposición.


Sebastián, vapuleado de antemano, abandonó cabeza gacha La Moneda el día de la votación, pues ya sabía cuál sería el resultado; sabía, además, que no tenía poder político para vetar el proyecto ni enviarlo al TC. Finalmente, tuvo que firmar a regañadientes la mentada ley, a solas, en una oficina vacía, sin el destello de los reflectores sobre el escenario donde le gusta lucirse: una verdadera metáfora de su aislamiento, de su gobierno de brazos caídos.


La Derecha política recibió a su vez el impacto del terremoto grado 10. Se derrumbó como un viejo edificio de adobe, se destaparon los catafalcos desde donde emergieron algunos zombies agitando sus vendas apolilladas. Quedó al desnudo la crisis interna de dichos partidos. Pasó de todo: salieron a relucir viejas rencillas, brilló el filo de los cuchillos lanzados para crucificar a los culpables, brotaron lenguas de fuego desde la sedienta boca de la senadora inquisitorial, hubo renuncias que pretendieron ser heroicas y muchas palabras huecas que terminaron escurriéndose por el desagüe.


Este jueves negro, (yo prefiero calificarlo de rojo, total en gusto no hay disgustos) pasará a la historia como el día del Segundo Estallido Social. Ocurrió que la última línea de defensa de la constitución pinochetista, ese manual para hacer negocios que ha permitido que el 1% se apropie del 30 % de las riquezas del país y mantenga al pueblo en la miseria, no resistió el arrollador avance de la Primera Línea Ciudadana que acometió sin miedo para reclamar lo que le pertenece.


Sí, Chile despertó, la gente se ha politizado como nunca, paradojalmente en ausencia de partidos políticos que los representen. Eso explica por qué permaneció atenta al debate que se realizaba en el Parlamento. Más de dos millones de chilenos siguieron ojo avizor y oído atento las palabras de los parlamentarios, pero para que les quedara claro que estaban bajo la lupa, los días previos salieron a las calles pese a la pandemia mortal, a la cuarentena, al toque de queda, a la represión policial/militar. Recuperaron una vez más ese espacio que les pertenece por derecho propio, provocaron un potente cacerolazo nacional, bloquearon avenidas, hicieron barricadas, incendiaron algunos vehículos, a muchos el hambre los impulsó a saquear supermercados, otros protestaron fuera de las comisarías para manifestar su rabia contra los abusos de Carabineros. Era la ciudadanía empoderada que ya no resiste tanta injusticia y aprovechamiento. Los sectores más reaccionarios les estaban impidiendo recuperar su plata, esa que han puesto obligados en estas maquinarias de atrapar dinero que son las AFP. Eran las familias que perdieron sus empleos, que redujeron drásticamente sus ingresos formales o informales, que deben alimentarse hoy gracias a la generosidad y organización de los cientos o miles de ollas comunes, mientras en Palacio se encarga paté de jabalí y leche de búfala.


Ante una izquierda política desprestigiada, sin acuerdos de unidad, sin proyectos de sociedad, que solo enarbola una larga lista de supermercado de demandas, que ha sido cómplice, en parte, de sostener el modelo económico neoliberal, ha surgido una Izquierda Social, la misma del 18 de octubre, la que va por sus derechos, cabeza en alto, con la dignidad de un pueblo que sabe lo que quiere.


Este jueves rojo marca el camino. La salida política está a la vista, se llama Plebiscito Constitucional a realizarse el 25 de octubre próximo en donde la opción ganadora será, sin duda, un contundente Apruebo así como la votación a favor de la elección del 100% de los Constituyentes e impidiendo que sea la mitad de los parlamentarios quienes participen en la redacción de una Nueva Constitución para Chile.


Carlos F. Reyes

Profesor de Estado en Castellano

Universidad de Chile

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