Historias de horror que no están en Netflix, pero sí en Punta Peuco.

Actualizado: 13 de abr de 2020

En plena pandemia y el enclaustramiento obligado, veo muchos dando consejos de cine, películas, música para hacer más amena la cuarentena. Muchos disfrutan de cine de terror y horror.


En plena pandemia y el enclaustramiento obligado, veo muchos dando consejos de cine, películas, música para hacer más amena la cuarentena. Muchos disfrutan de cine de terror y horror.

A mi no hay caso que me den miedo, no puedo dejar de pensar que en la peor escena del horror, están detrás camarógrafos, maquilladores y sonidistas, especialistas en erizarnos los pelos, pero no a mí.



Por eso me quedo dormido a los minutos de empezar a verlas. Creo que la única que me aterró fue El Exorcista, pero ayudó que la vi de adolescente. La mayor emoción me la produce el cine con dramas humanos, que a pesar de mis más de 50, aún me hacen llorar. No puedo evitarlo. (hasta se me entró una basurita en el ojo con “milagro en la celda 7”).


He pensado que esto de los miedos que uno siente, dependen de los miedos reales que has experimentado en la vida. Eso fija tu nivel de miedo, por eso la ficción artística no logra superar mi umbral.


No es grato en realidad contar historias de horror reales, y asumo que el titular de mi artículo es una artimaña para captar tu atención, el dolor que siento detrás lo amerita.

El horror del Cine casi siempre los buenos ganan, después de una hora de hacernos sufrir: el bien la gana al mal y nos quedamos tranquilos y casi felices. Hablemos de terror, de terrorismo que es similar. Ese donde los malos se salen con la suya. A no ser que la película aún no termine.

Me entero por las redes de un hecho lamentable y horroroso, peor que cualquier otra pesadilla que puedas encontrar en Netflix: Leo en el whatsapp del frentecacerola, algo que envía uno de mis grandes amigos: “El criminal Pedro Espinoza Bravo miembro de la policía secreta chilena DINA fue el segundo al mando después de Manuel Contreras. En la DINA se desempeñó como jefe de operaciones y como fiscalizador del centro de torturas Villa Grimaldi.Culpable del crimen del general de Ejército Carlos Prats y su mujer Sofía Cuthbert, el 30 de septiembre de 1974. De la desaparición en 1974 de la periodista Diana Aron Svigilsky, militante del MIR. De Aaron Spislisky, periodista y militante del MIR. Del delito de secuestro y desaparición de 12 de los prisioneros de La Moneda ejecutados. Del asesinato de Charles Horman y Frank Teruggi. Del secuestro y desaparición de Georges Klein. De los delitos de secuestro y homicidio calificado de Teófilo Arce, Leopoldo González, Segundo Sandoval y José Sepúlveda, todos ellos de la ciudad de San Javier. De las víctimas de La Moneda, llevadas del regimiento Tacna al fuerte Justo Arteaga Cuevas en Peldehue, donde fueron fusilados y posteriormente sus cuerpos lanzados al mar, se encuentran Jaime Barrios Meza, Daniel Escobar Cruz, Enrique Huerta Corvalán, Claudio Jimeno Grendi, Oscar Lagos Ríos, Juan Montiglio Murúa, Julio Moreno Pulgar, Arsenio Poupin Oissel, Julio Tapia Martínez, Oscar Valladares Caroca, Juan Vargas Contreras y George Klein Pipper. Es por el caso de este último que la justicia francesa pidió a su par Argentina la detención de Ramírez Pineda. Leo en El Desconcierto: “Este pasado jueves 9 de abril, la Octava Sala de la Corte de Apelaciones de Santiago redujo y liberó de algunas condenas a ex agentes de la DINA sentenciados en 2017 por actos de “secuestro calificado” y “homicidio calificado” que cometieron entre 1974 y 1977. La corte presidida por el ministro Juan Cristóbal Mera Muñoz, e integrada además por la ministro Mireya López Miranda y por el abogado Cristián Lepín Molina, redujo y revocó condenas a los violadores de DD.HH. que habían pasado solo tres años en prisión. En detalle, a los ex agentes de la DINA, Pedro Espinoza Bravo (protagonista de la Caravana de la Muerte y ex segundo hombre de la DINA, tras Manuel Contreras), Rolf Wenderoth Pozo, Pedro Bitterlich Jaramillo, Claudio Enrique Pacheco Fernández, Orlando Jesús Torrejón Gatica, Orlando Altamirano Sanhueza, Carlos Eusebio López Inostroza y Hermon Helec Alfaro Mundaca, revocaron una de sus condenas, mientras que a Gladys Calderón Carreño, Sergio Orlando Escalona Acuña, Juvenal Piña Garrido, Jorge Díaz Radulovich y Gustavo Guerrero Aguilera, Ciro Torré Sáe, Juan Morales Salgado, Ricardo Lawrence Mires y a Jorge Andrade Gómez, se les redujo la condena.”


Pues voy a contarles una historia dolorosa, de horror, en que este indulto “humanitario” lo único que me deja claro es su falta de humanidad. Se pisotea la dignidad humana de cientos de familias, madres, padres, amigos, hermanos que nunca pidieron venganza: solo pedíamos un derecho básico: Justicia. La única que aplaca en parte el dolor en los corazones, la que te hace ver que a pesar del horror la humanidad puede avanzar un peldaño.


Vamos contando. Corrían los primeros días de Septiembre de 1987: un día de tantos quedé en juntarme por la mañana con José Julián Peña Maltés en el restaurante ”el 18 ubicado en 18 con alameda. Llegué primero y pedí un café, a los minutos llega y aprovechamos de hablar de la vida y los hechos que ocurrían en el país en esos días. Mostraba mucha preocupación por mi hijo que venía en camino y la salud de su madre, mi pareja en ese tiempo, embarazada de 6 meses y a la cual JoséJulián le gustaba acariciarle la panza cada vez que la veía. Fue él quién le puso el nombre a mi hijo mayor. Luego llegaron otros dos amigos a sumarse al encuentro.


Apenas llegaban los cafés y José Julián tenso mira hacia afuera y nos dice: estamos copados. Alguien trae cola. Efectivamente miro y afuera un notorio despliegue de agentes CNI disfrazados de recolectores de basura nos miran amenazantes. JoséJulián nos dice: hay que abrir. Tal vez por ser yo el más joven y pensando en algo peor, me indica que yo sea el primero que me vaya. Avanzo por Alameda y doblo por San Ignacio, camino con el terror en mi espalda. A los minutos da caminar y caminar y mezclarme con grupos de gentes, entiendo que no me siguen. Me fui caminando a la Escuela de Ingeniería, lugar donde estudiaba y mi más cercano refugio.

Creo que ya al otro día me entero que José Julián y Gonzalo Pinochet, quién también estuvo en ese café habían sido secuestrados. Me dirigí a la vicaría y entregué el retrato hablado de José Julían, ya que la única foto conocida de él era una de cuando fue alumno de la Ute por los 70. Recuerdo haber entregado una patente de un Datsun Bluebird blanco, AU1887, auto que vieron merodeando cerca de mi casa, con sujetos armados en su interior y que amigos y vecinos me alertaron a la bajada de la micro para que no llegue a mi casa esa misma tarde. (Como no agradecer a mi Amigo Juan Carlos Vega y los cabros de la pobla, que pasaron casi todo el día esperando que baje de la micro para avisarme que no llegue a mi hogar ya que habían visto el despliege represivo cerca de mi casa.)


No supe detalles de la detención de José Julían por años, salvo las noticias de prensa que reportearon por los secuestros de Septiembre de 1987 y que corresponden a los últimos detenidos desaparecidos de la dictadura criminal de la Derecha Chilena y que aún algunos llaman con el eufemismo de dictadura militar.


Con el tiempo hasta supimos que la orden de asesinarlos vino del propio Pinochet a confesión de partes de Alvaro Corbalán, ejecutor de secuestro y asesinato. También nos enteramos de la confesión de un mecánico del helicóptero y de un piloto, que fue enviado a la misión por el propio dictador: la orden fue lanzarlos al mar, 4 compañeros, masacrados, amarrados a un riel, moribundos y lanzados frente a la Playa de Quintero, en un helicóptero Puma, con salarios e infraestructura que pagamos todos los chilenos. Glorioso ejército le dicen. Ya tenían experiencia en esta macabra actividad.


No es momento ni nunca lo será relatar el horror, como en el cine, que vivieron nuestros amigos en manos de los ahora “viejitos de Punta Peuco”, y a los cuales nuestro Presidente de cuarta categoría pretende vestirse de falsa humanidad para disfrazar el pago a los favores concedidos a la cáfila de criminales que profitan de pensiones y cárceles de lujo que le permitieron forjar su fortuna en ausencia de sindicatos y de un pueblo organizado, a la ausencia de democracia que les permitió enriquecerse, donde la información privilegiada y la impunidad fueron las variables más productivas en sus algoritmos de hacer fortuna.


Esa cáfila de malvados cuenta con las mejores instalaciones para superar la pandemia: no estamos hablando de monreros y criminales de baja monta que se hacinan en cárceles medievales. No hay razón alguna para que estos criminales abyectos, por razones humanitarias abandonen ese cómodo lugar.


Un presidente de cuarta categoría que aprovecha a un pueblo en cuarentena, a las calles vacías y con el mismo desparpajo que va a tomarse una foto a la plaza del pueblo, con ese mismo desparpajo avala, con la ayuda de jueces serviles y cómplices, la impunidad que niega a miles y miles de chilenos el acceso a un derecho mínimo y básico: JUSTICIA.


No olvide que la cuarentena se va a acabar.

Que no olvide que la tan anhelada transición quedará pendiente, a causa de que un presidente cómplice, con la ayuda de jueces de la misma envergadura, y que le pusieron pausa a nuestra reconciliación. Queda que aún se pronuncie la Suprema. Y el tribunal de tribunales: el Constitucional.


No digan después que nosotros somos los malos.

A todos mis amigos, hermanos, compañeros del Frentecacerola, con los que porfiadamente nos seguimos riendo de la vida.

Abril 2020

JC Ghandi



749 vistas0 comentarios