• Frente Cacerola

Golpe

Seudónimo: Juanín


Nací el año 60, en unas parcelas que hoy son un barrio pobre de La Pintana. Al nacer sufrí una asfixia que provocó que de por vida tenga problemas de movilidad. No fue fácil para mis padres tener un niño espástico. Mis hermanas mayores me dieron el suficiente cariño, hasta ahora, para enfrentar la vida a pesar de las dificultades. Cursé hasta tercero básico en la escuela, suficiente para aprender a leer. Era la Unidad Popular y las mentes y los sueños de la gente se abrían lo que permitió que me den un espacio en la escuela sin discriminación. Con apenas 10 años ya trabajaba como ayudante de un feriano, hombre cariñoso y amable que me enseñó el amor por la lectura y me apoyó en mi aventura escolar. Aprendía el oficio y trabajé con un puesto en la feria con frutas, verduras, papas y de un cuanto hay que sirva para ganarme la vida. En la Unidad Popular como nunca los pobres leíamos libros, era habitual por las tardes ver a vecinos sentados en las puertas de sus casas con un Quimantú en la mano. Las micros asemejaban bibliotecas andantes. Novelas de vaqueros, hasta grandes obras de clásicos de la literatura.


Ser de la Unidad Popular en la población era de lo más natural, por primera vez los humildes, los trabajadores y las familias enteras nos sentíamos parte de algo y empezamos a ser importantes y a creernos que podíamos decidir nuestro destino. Sentía mucha afinidad con los cabros militantes de la UP, que organizaban con alegría sus actividades en la población, abundaba un aire de colaboración, apoyo e integración: yo con mis dificultades para desplazarme, siempre hubo unos brazos amigos que me integraban a esa alegría.


Cuando empieza el desabastecimiento, los ferianos dimos todo por suplir las carencias y dentro de nuestras posibilidades tratamos de aportar contra el brutal sabotaje de los ricos al proyecto popular.


Recuerdo que hasta la atención hospitalaria tuvo un aumento en la calidad, por el compromiso distinto que tenía el personal con los humildes. Hubo un mejor trato y ánimo de acogida con los pobladores, que empezamos a sentirnos respetados.


El 11 de septiembre corre la voz en la población que había golpe. Algunos lloraban, pero de impotencia. Era tan poco lo que podíamos hacer para defender al gobierno ya que no teníamos con qué hacerlo. Dos muchachos consiguieron unos revólveres viejos con unas pocas balas y se vinieron caminando por Santa Rosa en un loco intento de llegar a la Moneda a defender al presidente. Varios otros jóvenes niños los siguieron. Con el tiempo supe que llegaron hasta cerca de Avenida Matta ya gastaron sus pocas balas en el inútil intento. Regresaron esquivando calles y con lágrimas en los ojos ante su fracasado cometido.


El 12 de Septiembre circulaban las patrullas militares y era habitual sentir balaceras distantes que nos hacía presumir que había resistencia.


El día 14 se abrió una panadería en el sector y se armó una cola para conseguir algo de pan. Desde una de las esquinas un grupo de jóvenes les grita ¡Asesinos! a una patrulla militar, militares que no dudan en responder a balazos. Cae una muchacha, que estaba embarazada, a metros logré ver que sangraba de sus piernas. Otras personas llorando se le acercan, gritos, llanto, miedo.


Nunca supe que pasó con ella: unos decían que murió, otros contaron que salió con el tiempo al exilio.


Hasta ese 11 de septiembre, yo no entendía mucho de política. Fue ese día que entendí lo que era la lucha de clases, tantas cosas que escuché antes a los jóvenes upelientos de pronto me hicieron sentido.


El año ’85 participaba con varios pobladores en la resistencia. Mi problema de movilidad de alguna forma me ayudaba a no levantar sospechas. Caminaba con dificultad pero no era impedimento para que colaborara con las actividades clandestinas de quienes habían decidido a enfrentar a la dictadura con todo. Y ahí quise estar. Me tocó llevar una caja a la casa de un compañero, quién ya había perdido a un hermano en un enfrentamiento con la repre. Saliendo de esa casa, a pocas cuadras soy detenido, me tiran al suelo y me patean. Varios agentes me levantan y esperan a que venga un vehículo para llevarme. En medio de los insultos y en un segundo de descuido me lancé a las ruedas de una micro, la cual me golpea fuerte pero no alcanza a aplastarme. Me acordé de la historia del Compañero Contreras Maluje. Más insultos y directo a un cuartel de carabineros. Simulé ser enfermo mental, ya que mis problemas de espasmos también afectaban mi forma de hablar. Golpizas, corriente en los genitales y yo solo respondía con palabras sin sentido. Creo se convencieron que yo era un discapacitado mental. Como los 5 días me soltaron, recuerdo que en los diarios salió como noticia que los terroristas usaban a un enfermo mental para trasladar armas.


Me fui al sur de Chile, a recuperarme, al campo de un tío y también para alivianar el susto de mi familia.


Volví al año siguiente a la feria y a seguir apoyando a los compañeros que seguían dando la pelea contra la tiranía. El año 90 tuve un hijo. Un sueño que nunca imaginé lograr. Vivo de vender repuestos de auto, neumáticos, baterías, y sobrevivo con una pensión muy baja. Estoy ciego. Extraño leer. Votaré Apruebo, como corresponde.

Vivo con mi hijo Lenin Salvador.



13 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

A cien metros del sillón presidencial

Seudónimo: Domingo Era enero de 1974, trabajaba instalando máquinas de aire acondicionado para SINDELEN que estaba en calle Amunátegui. A la una y media partíamos a almorzar al mercado entre las calle

¡Malditos!

Seudónimo: Leo Bajaba por calle Los Suspiros, rumbo a mi trabajo, en el polvorín de Renca; nervioso, mirando de reojo para ambos lados, me escabullía como escapando de algo, tenía miedo. Era una mañan

La lechería

Seudónimo: Eliecer de Tinta Era Agosto de 1969 en la hacienda Rupanco, 4 de la mañana, mi papá gritaba "Carlitos al campo a trabajar, cabro". La verdad tenía mucho sueño, todo chico de 16 años a esa e