• Frente Cacerola

Adelante, obreros y estudiantes

Pseudónimo: Punitaqui


¡¡Que hable el Pellizca!!, ¡¡Que hable el Pellizca!!, gritaban enardecidos, los obreros, mineros participantes en una de los tantos ampliados a los que llamaba el sindicato, en el atestado local que se ubicaba al centro del modesto campamento, de la “fierrera”, ubicada en la sierra cercana a Domeyko, pueblo que yacía como un lagarto al sol, en pleno desierto nortino. Pellizca, era un esmirriado y alto minero; le llamaban así porque su tamaño le permitía pellizcar la luna. El interés de que hablara, era para ellos un motivo de risas, porque el hombre se paraba para dirigirse a sus compañeros y sus nervios lo descontrolaban, al punto de lagrimear. Para mí, como un infante visitante de la mina, que su padre llevaba a pasar unos días al yacimiento, era un penoso y cruel espectáculo, Pellizca, era un hombre con cara de niño bueno, algunos días me regalaba un par de huevos duros que llevaba a la faena.


Corría el año 1971, pleno periodo del gobierno popular de Salvador Allende, el gobierno de los trabajadores, aquellos que habían soportado históricamente explotación y condiciones laborales miserables. Se expresaban como niños, en sus miradas había esperanza y afán protagónico, querían cambiarlo todo, se organizaban alegremente. Pronto todas las “fierreras”, que estaban en manos de privados, pasarían por la vía de la expropiación, a ser parte de la Compañía de Aceros del Pacífico, con ello a esos trabajadores se les abría un mundo de alternativas en beneficios sociales, relacionados con salud, vivienda y becas de estudios para sus hijos, beneficio que con el tiempo y aun en dictadura; ya que el proceso inverso de privatización, de la mayoría de las empresas estatales, por la vía del llamado capitalismo popular, llevó algunos años. Me permitiría, estudiar y generar un cambio social importante en la historia de mi familia. Las becas no eran para pagar los aranceles de la Universidad, lo que duró solo algunos años, si no, para el sustento de los estudiantes, en ciudades importantes donde se radicaban las instituciones de educación superior, habitualmente distantes de pueblos y ciudades menores.


¡¡Que el cabro cante “la batea”!!, era el pedido del joven “paco”, que componía la patrulla de militares y carabineros que nos detuvo en Octubre del siniestro año 1973, junto a mi padre, un tío y a todos los hombres que encontraron en la localidad del Durazno, zona campesina cercana a Ovalle, cuna de mi nacimiento. El tío, había dado acogida a un “prófugo”, según lo dictaban los “bandos”, era un Regidor Comunista.


Bien sabia “el paco” a que se refería con su pedido, ya que me había visto en alguna presentación del conjunto “Quimantú”, que interpretaba principalmente canciones protestas. Lo integraba Patricio, hermano de mi madre, con quién había vivido gran parte de mi infancia. Me llevaba algunos años, su canto y su guitarra comprometida causaba mi admiración, deseaba fervientemente alguna vez acompañarle en los escenarios, solo me enorgullecía desde una posición de espectador. El conjunto musical, estaba integrado por jóvenes militantes de las Juventudes Comunistas, se presentaban en villorrios rurales, en cierres de trabajos voluntarios o entregas de carnet partidarios, era sorprendente el entusiasmo con que gente sencilla de todas las edades, se sumaban a esas actividades. Ellos, quienes eran los más afectados con el desabastecimiento de los productos básicos, por el boicot sedicioso de los poderosos, quienes acaparaban y generaban una escasez ficticia y el “mercado negro”, que solo favorecía a los opositores al gobierno popular.


¡¡Al pleno en el casino!!, ¡¡al pleno en el casino!!, era la invitación voz en cuello de los estudiantes en los patios de la Universidad Técnica de Estado, recinto en el que también funcionaba, su grado oficio, la Escuela de Minas de Copiapó. Los patios custodiados por militares, era marzo del año 1974, algunos valientes a riesgo de ser detenidos con consecuencias imaginables, lideraban un sentido homenaje a los caídos y desaparecidos. Era el comienzo de una oscura etapa en la historia de nuestro país.


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