• Frente Cacerola

A cien metros del sillón presidencial

Seudónimo: Domingo


Era enero de 1974, trabajaba instalando máquinas de aire acondicionado para SINDELEN que estaba en calle Amunátegui. A la una y media partíamos a almorzar al mercado entre las calles San Martin y Amunátegui por la Alameda con dos ayudantes y mi compadre López. Los almuerzos eran abundantes, cazuelas de cerdo, prietas con puré, y lo mejor de todo, el postre, melón tuna ahuecado con la fruta flotando en vino blanco heladito.


Aún sin terminar nuestros platos, vimos estacionar en la entrada del mercado, un auto oscuro y grande. Luego, gritos, ráfagas de metralleta y la gente corriendo de un lado a otro. Entraron botando al suelo, caldos, cubiertos, mesas y sillas. Nos pusimos de pie calmando a las cocineras y al par de clientas que estaban cerca.


- Ustedes güeones, salgan a la calle ahora.

El que habló era el paco más alto y corpulento de los seis que ingresaron. Nos hablaba a nosotros.

- Mi cabo – dije – Nosotros entramos a tomar un melón con vino no más. Somos trabajadores tenemos que volver a la pega.

- Cállate mierda. Que trabajadores ni nada. Son todos unos upelientos, desde afuera se siente el olor a la mierda que tienen los cinco en la cabeza.

A golpes y culatazos subieron al auto, a la dueña de la cocinería, a mi amigo López, al ayudante Pino, a otro cliente y a mí. El más joven de mis ayudantes había ido al baño, lo que fue un alivio porque era su primer mes de trabajo y el hijo mayor de una vecina. A patadas y garabatos nos metieron al Pino, al cliente y a mí en el portamaletas del Ford. Partieron rápido y dieron hartas vueltas por el centro.

- No sé si saben algo, no sé quiénes son, pero nieguen todo o no saldrán con vida de esta – dijo el cliente -, encima de nosotros en el portamaletas.

Dijeron que el cliente se llamaba Pancho, estudiaba medicina y que era un dirigente del MIR y todos nosotros parte del mismo grupo. Estábamos reunidos en la cocinería para ponernos de acuerdo en la forma en que sacaríamos del país a otros miristas.


Vendados y semidesnudos nos hicieron acostar en un pasillo de baldosas frías, con las manos atadas a la espalda.

-Se me quedan todas las mierdas bien calladas. Si escucho cualquier ruido, vengo y disparo, ¿Oyeron conchasdesumadre?


En las madrugadas nos sacaban diciéndonos, “te toca Pancho” todos éramos lo mismo, “ratas miristas” y “basura de Chile”, desnudos nos tiraban agua sucia para luego subirnos a un somier metálico atracado a una pared. Nos ponían corriente en los testículos y en las axilas. Siempre con los ojos vendados. El cuerpo saltaba con los golpes de corriente, pero si te movías hacia la orilla te pegaban con unos palos gruesos.

-¿Quiénes son tus jefes? ¿Quién les manda la plata? ¿A quienes quieren sacar del país?

- Capitán – dije asegurándome de subirle el rango al paco – Yo sólo entré a ese lugar a tomarme un melón con vino, soy un trabajador, jefe de familia.

- Puta, el gueón insistente. Melón con Vino te vamos a poner a voh.

Eran del OS7, formada un poco después del golpe, conocida con el nombre de "Séptima Sección de Investigaciones Especiales", dependiente en ese entonces del Departamento de Orden y Seguridad.

-Este fue boxeador, hay que tener cuidado con él – decían y se cagaban de la risa-, ¿Sabí algo mierda? ¿Qué sabí gueón? – preguntaban empujándome hacia la pared.


Supe que estábamos cerca de la Moneda porque en la Intendencia de Santiago había un reloj que daba las medias horas y ése estaba en calle Morandé con Moneda. Era el edificio que Carlos Ibáñez del Campo adquirió para que fuera la sede de la Intendencia. Veía en mi cabeza el pórtico de ingreso, con sus dos columnas y, rematando la fachada, la cúpula del campanario con el reloj. Debíamos estar en el estacionamiento debajo de la manzana que formaban las calles Moneda, Teatinos, Agustinas y Morandé.

Al séptimo día nos devolvieron nuestra ropa.


Bajamos por la Alameda hacia el poniente, cuando llegamos a calle Ecuador pude ver, a pesar de las huinchas de embalaje. Nos dejaron camino al antiguo aeropuerto Pudahuel.

-Al primer huevón que levante la cabeza se la volamos – gritaron y nos dejaron metidos en una zanja. Esperamos hasta dejar de escuchar el motor del Ford.



A medio vestir cada uno partió por distintos rumbos. Mi ayudante Pino y yo nos fuimos al sindicato de la Empresa de Transportes Colectivos del Estado (ETC), donde ambos estábamos afiliados y que estuvo activa entre 1953 y 1981. A Pancho nunca más lo vi. López y la dueña de la cocinería partieron al mercado.


Me botaron once piezas dentales.

Conté todo esto a la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura, conocida como Comisión Valech. Más de 35.000 personas presentaron su testimonio.


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